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UNIVERSO ALTERNATIVO

One shots del universo alternativo

ruscanmex - parte I

UNIVERSO ALTERNATIVO DONDE MÉXICO NO CUIDÓ A RUSIA.



 

Los pronombres de Canadá son él y ella; inicia con órganos reproductores de mujer, termina con órganos reproductores de hombre. 

 

En este universo

  1. Rusia no tiene la mitad de su rostro destrozado. 

  2. México y Canadá son pareja oficial. 

  3. México no fue tan unido a URSS.

  4. Canadá no siempre conserva su sonrisa. 

 

Y más que nada, ciertas acciones de estos tres son fuera de personaje para que puedan terminar teniendo intimidad tan rápido.

 

Cabe aclarar que en este universo no tendría sentido aquel amor obsesivo de Rusia hacia México, pues se enamoró de él como respuesta al trauma cuando era pequeño, y cuando creció, se aferró a él. 

Cómo no tuvo ese momento traumático con México a su lado y no lo vio a lo largo de su vida, pues, simplemente, no hace sentido. 

 

Peeero bueno, es un universo alterno donde su ruscanmex es canon; no le meteré mucho detalle, no es el universo principal.

 

Y bueno, siguen siendo un tanto tóxicos e inestables; por favor, no romantizen las conductas erróneas de estos personajes.

 

NO ME VENGAN CON QUE MÉXICO ES UN PEDÓFILO. ES OTRO UNIVERSO COMPLETAMENTE DIFERENTE Y BIEN SABEN QUE EN LA HISTORIA PRINCIPAL MÉXICO NO ACEPTA A RUSIA Y CON CANADÁ ESTÁ FELIZ, FIN.  




 

 

​













 

Aún recordaba el día que perdió su virginidad. 

 

18 años, en tierras estadounidenses, con un canadiense un tanto safado.

 

En aquel entonces, aún mantenía cierta homofobia internalizada, por lo que, a pesar de ser muy sumiso, él penetró a Canadá siendo ella mujer. 

 

Y ahora, a sus 21 años, no podía dejar de pensar en ella. Estaba completamente enamorado, embobado, hasta obsesionado. 

 

Y como cereza del pastel, sabía que tenía una relación con un dichoso mexicano, cuyo corazón jamás pudo conquistar. 

 

No recuerda la última vez que lo vio, pero aún seguía profundamente flechado.

 

Pero por fin, luego de tantos años, lo volvió a ver.


 

En una visita a la tumba de su padre junto con su presidente, se toparon con la pareja, quienes habían dejado flores. 

 

Luego de una amable invitación, terminaron en una cena dentro del hogar del ruso y el gobernante, siendo bienvenidos a quedarse hasta el día de su vuelo. 

 

Y así, yacían los cuatro sentados en una larga mesa, comiendo quién sabe qué cosa que se veía costosa. 

 

Rusia no podía ni ver la comida. Su corazón latía rápidamente, su mente avanzaba a mil por hora y su cuerpo era consumido por la ansiedad. 

 

Ahí estaban, frente a él, a quienes anheló ver durante tanto tiempo. 

 

El tricolor ni siquiera lo miraba, pero Canadá le lanzaba guiños y sonrisillas cuando su líder no prestaba atención, quien estaba muy distraído hablando con el del sombrero. 

 

Para no alargar el contexto, porque, —¿quién quiere leer todo esto cuando vienen por porno?— terminaron despidiéndose, la pareja dirigiéndose a su cuarto asignado y el más alto al suyo, aún con la mente hecha un desastre. 













 

—Entonces, ¿qué piensas?— Cuestionó la de pelo cenizo mientras cerraba la puerta.

 

México alzó la mirada, confundido. 

 

—Rusia.— 


 

A cabrón. 


 

—¿Qué te pareció?—


 

Giró los ojos sin prestar mucha atención, dejando la maleta sobre la cama y abriéndola para sacar su pijama. 

 

—Aaaaw, no me ignores, notlazohtzin~ —

 

“Notlazohtzin”.

“Mi amor” en náhuatl. 

 

Esta mujer de verdad conocía su debilidad. 

 

Abrazándolo por la espalda, metiendo sus manos debajo de su camisa y sacando su enorme lengua para lamer su cachete, dejó salir una risita coqueta. 

 

—…Creció bastante.— Respondió finalmente. 

 

Guardó su lengua, acercándose para darle besos en el cachete.

 

—Y deberías verlo sin prendas…—

 

Suspiró, moviendo con ligereza a Canadá y caminando hacia el suelo, abriendo la maleta de este. 

 

—No me vas a negar que no es tu tipo.—

 

Hizo caso omiso, intentando no pensar en sus puercadas, sacando su pijama y dejándosela en la cama. 

 

—Alto, blanquito, chichón, pitudo- - —

 

—Canadá.— Volteó a verla, molesto. 

 

—Sé que te encantaría un trio con él.— Sonrió tiernamente, ladeando su cabeza. 

 

—¡S- - No- -, argh!—

 

Agarró las prendas y las colocó en su pecho con cierta brusquedad, haciendo que esta las cachara, sorprendida. 

 

—Cámbiate, quiero dormir.—

 

Otra risilla salió de entre sus labios, pero nuevamente no le hizo caso. 

 

A fin de cuentas, ella tenía toda la puta razón del mundo, y eso lo enfurecía. 

 

Claro que se le antojó ese ruso, joder, ya ni se acordaba de cuándo fue la última vez que lo vio; no se esperaba semejante hombre.

 

Y encima, re sumiso se veía. 

 

Esos ojitos le llegaban directo al alma, no logrando imaginar nada más que su expresión mientras recibía placer. 

 

Pero era hijo de aquel hombre que tanto respetaba.

 

Justamente vino a visitar su tumba, no a cogerse a su primogénito. 

 

¿Qué pensaría de él?


 

​



 

 

​

 

[...]


 

​







 

—Доброе утро.—

 

“Buenos días”, saludó amablemente el presidente. 

 

Nuevamente, sentados todos en la gran mesa del comedor, disfrutaban de un apetitoso desayuno mientras este mismo les preguntaba cómo habían pasado la noche. 

 

Con un acento un tanto malo, Canadá respondió amablemente, mientras que México entabló una conversación, hablando el idioma con suma fluidez y facilidad. 

 

Por otro lado, el peliblanco ya se encontraba más calmado luego de tener la noche para meditar. 

 

La emoción excesiva ya había pasado y sus antipsicóticos ayudaron bastante. Ahora, podía pensar claramente, por lo que no dejaba de sonreír bobamente debajo de la tela que cubría la mitad de su rostro al tan solo verlos a los dos. 

 

Estaban en su hogar, durmiendo bajo su techo, comiendo en su mesa, compartiendo experiencias. 

 

Estaba en el cielo, era todo lo que jamás imaginó. 

 

Sí le confundía un poco que la de ojos rojos no se le hubiese acercado para hablar a solas, pero prefirió no sobreentenderlo; además, nadie podía saber que tuvieron relaciones sexuales, seguro era por eso.


 

—México, ¿le molestaría hablar en privado?— Preguntó amablemente el presidente. 

 

Este negó luego de terminar su plato, a lo que dio las gracias por los alimentos y salió hacia los jardines con el gobernante, dejando solos a los de tierras frías.

 

Claro, le echó una mirada amenazante a la canadiense para que no hiciese una tontada, aunque era seguro que no le haría caso. 

 

Obviamente no. 

​
 

—¡Ruru!—  

 

Se le aventó al mencionado, abrazándolo con fuerza y haciendo que la silla se hiciera ligeramente hacia atrás. 

 

Sintió un revoloteo dentro de sí, ruborizándose por completo. 

 

Finalmente, su belleza rojiza lo había abrazado. 

 

Con emoción, lo abrazó de vuelta, apretándolo con amor. 

 

Un beso tierno en la mejilla arriba de la tela que cubría su rostro le causó más felicidad, ahora convirtiéndose en euforia. 

 

—My little lamb… si supieras cuánto te extrañé.— Susurró, ahora sin ternura, hasta con un tono cínico.

 

No obstante, el contrario ni lo notó, solo la abrazó con más fuerza. 

 

Luego de unos pocos minutos abrazados, esta se separó y, con una sonrisa coqueta, tomó asiento arriba de sus piernas, pasando sus brazos por el cuello. 

 

Rusia pestañeó, nervioso, temeroso ante la cercanía de sus partes íntimas. 

 

Tenía ambas manos ligeramente alzadas, no sabiendo qué hacer… ¿No era un momento tierno? 

 

—Quiero tu lengua dentro de mi coño.—




 

¿Qué…?




 

¡¿QUÉ!?

 

Sin dejarlo reaccionar, jaló aquel trozo de tela y se aventó hacia él, sacando su enorme lengua y besándolo con brusquedad, alargándola y llegando hasta su garganta. 

 

Este agarró al contrario los brazos por el susto, pero pronto bajó sus manos hacia la cintura, sosteniéndola con fuerza y apretándola hacia él, dejándola sentir cómo se ponía erecto. 

 

La saliva empezaba a salir; aquel beso se veía más como un intento de comerse el uno al otro. La lengua larga de la bicolor enrollaba la del ruso mientras apretaba su cabellera debajo del ushanka con ambas manos y se frotaba contra su miembro. 

 

Pronto, comenzó a dejar salir ligeros gemidos, apenas audibles para el más alto. 


 

Mierda, estaba tan excitado que ni recordaba que estaban en el comedor.  

 

Y cuando ya no tenía aire, dio ligeras palmadas rápidas en su brazo, por lo que esta se separó y regresó su lengua al tamaño normal. 

 

Tomaron una gran bocanada de aire, limpiándose la saliva de entre sus mentones. 

 

—…Quiero coger contigo y México.— 

 

—[¡¿MÉXICO?!]—

 

Semejante brinco pegó, haciendo que la canadiense casi se cayera, pero soltó una carcajada.

 

—¡Por fin hablas!— 

 

Rusia se tensó, su respiración se aceleró y apretó con fuerza la cintura de esta. 

 

Su sonrojo aumentó de forma ridícula.


 

—Hey, Ruru, tranquilo…— Volvió con aquel semblante inocente, sosteniendo suavemente su rostro.

 

Pero no duró mucho; esa sonrisa morbosa volvió. 

 

 —¿O acaso me dirás que no quieres sentir su verga en tu culo?—

 

El sonido de la perilla resonó, y en un abrir y cerrar de ojos, Canadá volvió a su asiento en un pequeño glitch de milisegundo, no dejando ni procesar lo dicho al contrario. 




 

—Como siempre, es un placer hablar con usted.—

 

México asintió, despidiéndose del presidente con un apretón de manos. 

 

Miró a su novia, quien parecía comer tranquilamente. 

 

Le echó un vistazo al eslavo y… 

 

Puta madre, ¿qué chingados hizo esa cabrona? 

 

Su bandera era más roja que azul y blanca, su mirada estaba perdida y, en cuanto notó su mirada encima de él, se levantó con suma rapidez. 

 

—[M-me disculpo, surgió algo urgente.]—

 

Se retiró a paso rápido, casi tropezando. 

 

Ante ello, el gobernante se confundió, dando un último adiós a ambos, yendo detrás del country.


 

—Canadá.— 

 

—Yes, my love?— Limpió su mentón con la servilleta.

 

—Que mierda le dijiste a Rusia.— 

 

Una risilla traviesa salió de entre sus labios, a lo que no hizo más que levantarse y caminar hacia él. 

 

—Nada, solo me enteré de que le gustas.— 




 

Un latido diferente, eso fue lo que sintió el mexicano en el pecho. 









 

[...]









 

México y Rusia se encontraban en sus respectivas habitaciones, mas el canadiense salió un tanto apurado a pesar de que fuese de noche.


 

El albino no podía dejar de pensar en la propuesta de este mismo. 

 

Tomó una ducha, se colocó su pants gris de pijama, comió, pero no, nada. Nada parecía hacerlo olvidar aquella propuesta.

 

Claro que quería aceptar; no obstante, el miedo lo invadía. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si no le agradaba a ninguno de los dos? ¿Y si se arrepentían? Y si–



 

—¿Rusia?—

 

Tres toques en su puerta y esa voz distintiva lo sacó de su mente, por lo que no tardó en ponerse nervioso al saber de quién se trataba. 

 

Luego de retirar el seguro y darle acceso a su habitación, ladeó ligeramente su cabeza al ver cómo Canadá cargaba una mochila entre manos.

 

Estaba a punto de ayudarlo, pero en cuanto se fijó en lo que traía puesto, abrió los ojos sorprendido.

 

Un pequeño short pegado y una blusa holgada roja, dejando ver un hombro y la clara falta de sostén.

Encima venía con medias negras hasta arriba de las rodillas y unas pantuflas.

 

¿De dónde mierda sacó esa ropa? ¿Acaso la empacó en su maleta?

 

—¿Puedo entrar?— Sonrió tiernamente. 

 

Asintió con torpeza, haciéndose a un lado y dejándola pasar. Cerró la puerta y, al verla agacharse para dejar la mochila en el suelo, pudo verle media alma, por lo que se exaltó y giró su cabeza con fuerza, cerrando los ojos tanto apenado como excitado. 

 

Puta madre, justo traía pants.


 

—¡Tomemos!—


 

¿Qué?

 

Alzó la vista, desconcertado al verlo sostener una botella de vodka en cada mano. 

 

—[¡¿De– de dónde sacaste eso?!]—

 

—Por ahí.— Dejó salir una risilla divertida. 

 

Sacó un refresco, dos vasos de plástico y preparó las bebidas, todo ante la atenta mirada del ruso, por lo que lo hacía con delicadeza y sacando sus pechos adrede para que se marcaran sus pezones.

 

Caminó hacia él y le dio el vaso.

 

—Ten.— Habló tiernamente. 

 

Este trago saliva, temeroso de que notara su erección.


 

Claro que la mayor ya la había visto; pendeja no era, solo fingía.

 

Tomó con nerviosismo el vaso y caminó hacia la cama, sentándose y dando un sorbo.

 

La de hoja de maple se sentó al lado suyo, bebiendo casi todo el vaso de una.

 

Y así, entre tragos y pequeñas conversaciones que ella entablaba, acabó estando bastante ebria, mientras que el otro apenas había terminado su primer vaso. 

 

La erección no se iba, pero tenía una almohada arriba de sus piernas.

 

Sin perder más tiempo, la de rojo sonrió de lado, dejando el vaso vacío en el piso y acercándose al contrario. 

 

—Entonces… ¿Qué pensaste sobre mi propuesta?—

 

Sabía que iba a preguntar eso.

 

Puta madre… se iba a morir de vergüenza. 

 

Empero, gracias al poco alcohol en su sistema, tomó el valor para responder. 


 

—[S-si…]—

 

—¿Y?— Se acercó más, estando a pocos centímetros de su rostro.

 

—[E-esta… Bien.]— 

 

—¿Qué está bien?— Ladeó su cabeza, ampliando su sonrisa.

 

—[L-la propuesta.]—

 

Soltó una risilla divertida

 

—Claro que lo está.— 

 

Y sin más, se abalanzó hacia Rusia, tumbándolo contra la cama y empezando a besar desesperadamente su cuello, a lo que este ni tiempo de reaccionar tuvo; solo se quedó quieto, nervioso, emocionado, en shock. 

 

—No tienes idea de lo mucho que te deseo.—








 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

​




 

—¿Y esta cabrona?— Dejó salir un chasquido, confundido.

 

Ya había pasado más de una hora y no volvía, ¿a dónde se fue a meter?

 

Dejó su teléfono y se levantó del sofá, caminando hacia la puerta y abriendola.

 

Paseó por el pasillo sin importarle mucho el estar en pants y una camisa blanca holgada; ya era muy noche. 

 

Dio vueltas por el lugar, entró a diferentes salas, buscó en la cocina y nada.


 

¿Dónde vergas se metió?


 

Regresó al cuarto, preocupado ante el pensamiento de un posible secuestro. 

 

No, era imposible; primero se preocuparía de lo que Canadá le haría a los demás que de lo que le harían a ella. 



 

Espera un momento…





 

—Me lleva la puta madre.— 

 

Camino con suma velocidad, furioso al imaginar las manos del eslavo sobre la piel de su mujer.

 

Apretó los puños, frunció la mirada y tensó su mandíbula. 



 

Sostuvo con semejante fuerza la manija y abrió la puerta con brusquedad, haciendo que esta chocara contra la pared.


 

—¡CANADÁ!—

 

El ruso soltó un ligero brinquillo, mientras que las pupilas de la mencionada se dilataron, eufórica al saber que funcionó.


 

¿Por qué la puerta no tenía seguro?

Lo había planeado.


 

Yacía esta arriba del ruso, marcando todo su pecho de chupetones, mirando al mexicano sin descaro alguno y con el culo bien levantadito, dejando ver lo que traía puesto. 


 

Uno esperaría que México se agarrara a tremendos golpes al más joven, ¿no?

 

Para alguien cuerdo, claro, sí, sería lo normal. 

 

Pero para alguien tan enfermo como él, aquella escena no le causó más que excitación. Y más al darse cuenta de que todo fue planeado por su novia.




 

En cuanto el olor del alcohol llegó a sus narices, notó una botella vacía y los vasos tirados en el suelo.

 

La de rojo no era de los que emborrachaban a las personas para aprovecharse de ellas; para nada, se tomaba jodidamente en serio el consentimiento.

De hecho, ella era la que se notaba un tanto ebria. 


 

—Puta madre…— Suspiró mientras cerraba sus párpados y se frotaba la sien, haciendo de lado su excitación, evitando ser impulsivo.

 

Por su parte, el albino estaba que se moría de vergüenza, quería que la tierra se lo tragara.


 

—Canadá… argh.— Ni siquiera sabía qué decir.

 

Sin poder abrir los ojos al no saber cómo reaccionar ante su propia pervertida mente, se exaltó al sentir las garras de la recién mencionada sobre sus hombros, jalándolo con brusquedad en un beso violento. 

 

No obstante, la separó con poca ligereza; no iba a besarla de esa manera frente a Rusia.

 

Volteó hacia este con un tremendo rubor ante lo apenado que estaba, hasta que la contraria lo jaló de la camisa, aventándolo contra la pared y agarrando con velocidad su miembro arriba de sus pants.

 

No, a ver, joder, espera, ¿qué?

 

Mierda, claro que quería, pero… ¿Así nomás? ¡Ni siquiera sabía si el peliblanco estaba de acuerdo!


 

—Amor, basta.— Sostuvo su mano, deteniendo las caricias.

 

—Él te quiere coger, tú te lo quieres coger…— Se acercó a sus labios. —No veo cuál es el problema.— 

 

Se maldijo en sus interiores al percibir cómo su pene ya estaba erecto, mientras que el más joven, ahora sentado al borde de la cama, llevó sus manos hacia su rostro con semejante velocidad, sintiendo su cara arder de la vergüenza. 

 

—Sé que en el fondo querías que hiciera esto... solo busco complacerte~ — 


 

Hija de la chingada.

 

Cómo le encantaba estar con una loca, mentirosa, tóxica, inestable, impulsiva, violenta y manipuladora de mierda.



 

—Rusia.— 

 

El mencionado pegó un brincillo al escuchar su nombre salir de los labios del tricolor. 

 

Alzó sus hombros sin darse cuenta, no siendo capaz de retirar ambas manos de su cara.

 

Con una maldita sonrisa triunfante, la canadiense se hizo ligeramente de lado, dejando a México caminar y pararse frente al ruso, quien dejó de lado la vergüenza que sentía al estar más concentrado en la comodidad de ambos.


 

—Mírame a los ojos.— 

 

Y por más nerviosismo que sintiera, Rusia no pudo negarse a su orden.

 

Movió con ligereza sus dedos, viéndolo apenas con un ojo.

 

—¿Canadá te propuso un trío?—

 

Asintió lentamente.

 

México sabía que esta se había encargado a la perfección en cuanto al consentimiento; la conocía bastante bien, y más que nada porque estos ya habían tenido relaciones sexuales. 

 

Empero, quería recibir un “sí” de su parte.


 

—¿Tuviste tiempo para pensarlo?—

 

Volvió a asentir, desviando la mirada.

 

—¿Quieres?— 

 

Se tensó en cuestión de milisegundos, volviendo a cubrir por completo su cara.


 

—Rusia…— Sorprendentemente, su tono cambió a uno más dulce y suave.

 

Tomó sus dedos con delicadeza, retirándolos lentamente, logrando ver por unos pocos segundos su mirada.

 

Y nuevamente, sintió un latido diferente en su pecho, hipnotizado por la belleza azulada de sus ojos.

 

Pero no fue el único.

 

—¿Quieres tener intimidad conmigo y Canadá?—

 

Un latido diferente en el pecho, eso fue lo que Rusia sintió.

Notas de autor: 

Me van a funar x,)

Proximamente actualización...

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